No es magia, es inteligencia emocional
El poder de las emociones positivas
Nacemos inocentes, sin emociones mezcladas, sin dudas, sin
miedos, sin fracasos; llegamos al mundo llenos de pasión y de emociones que nos
ayudan a conectar con los demás y descubrir la vida. Cuando somos niños, nos guía esta pasión por vivir. A partir
de entonces ¿Qué nos pasa? ¿Qué es lo que sucede?
En los primeros años de la vida se forman los grandes
patrones que nos rigen en este nuevo mundo al que acabamos de embarcar. Amamos
rápido, somos más curiosos que nunca en el futuro, aprendemos fácil, somos
dignos de ser amados, y listos para amar. Tenemos claro que merece la pena
amar. Se nos dibuja el plan de vida que nos espera. Si queremos ser felices,
amados, alegres, activos y positivos o al contrario, ser tristes, encerrados,
negativos, etc.
| Fotografía de Shutterstock |
Los primeros cinco años son una vida entera y necesitamos
estar seguros, amparados y conectados, porque si crecemos -en estos primeros años- en un entorno agresivo, violento y encerrado, tendremos que desconfiar en el futuro y
perder la ilusión. Esto nos afectará psíquica y mentalmente, y lo curioso es
que esto nos pasa a todos los seres
vivos.
Os doy un ejemplo, que fue el motivo que me empujó a escribir
esta entrada.
En los años sesenta, unos experimentos a cargo del psicólogo e investigador Harry Harlow descubrieron que el apego es un concepto que se refiere a la vinculación
existente entre dos personas o más por medio de una interacción continuada.
El experimento
fue así:
Este psicólogo estadounidense apartó unos monitos muy jóvenes
de sus madres y los enjauló con madres mecánicas. En estas jaulas había una
supuesta madre de tela (trapo) y otra de alambre; las dos eran muy poco
atractivas, y dentro de la madre atractiva había un biberón de leche, al que
el monito tenía acceso.
Los monitos sin embargo, pasaban muchas horas con la
madre de trapo que con la madre de alambre (22 horas con la madre de tela y
sólo 2 horas con la madre de alambre). Sólo iban a la madre de alambre para
alimentarse.
Y para completar el experimento, obligaron a algunos
monitos estar sólo con las madres de alambre, y por sorpresa, estos monitos crecieron
–tenían- con un sistema inmunológico muy débil.
Con un clic aquí, puedes leer el artículo entero.
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Este experimento resultó muy llamativo, en una época cuando
se creía que el contacto físico malcriaba a los niños, y que las emociones tenían
poco peso en nuestra vida. En realidad las emociones son un lujo biológico.
Hoy, sabemos que más allá de la supervivencia, sólo
florecemos cuando nuestras necesidades
emocionales de protección, conexión y afecto sean atendidas.
En junio de 2013, exactamente en Barcelona, se hizo un reportaje por la tv 2, en un programa que se llamaba “Redes”, en el que salían a la calle y preguntaban a la gente: ¿Qué hace bien en especial? ¿Qué es lo mejor que
sabe hacer?
Y las respuestas de los ciudadanos fueron las siguientes:
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C 1: Dibujar.
C 2: Yo hago bien los pasteles.
C 3: Lo que hago en espacial es jugar fútbol.
C 4: Soy una buena modelo.
C 5: me encanta bailar samba.
C 6: la cocina, soy cocinero.
C 7: alegrar a la gente.
C 8: hacer el amor, es lo que más me gusta.
C 9: sonreír.
C 10: yo lo que hago muy bien es dar cariño.
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C: Ciudadano.
De estas respuestas y de tantas otras dedujeron que la gente
sólo envejece mentalmente y emocionalmente cuando pierde su curiosidad y su
capacidad de amar.
"Para evitarlo -dice Elsa Punset, la reportera del programa- necesitamos entornos que potencian las emociones positivas. Creamos esos entornos entre todos, día a día, en casa, en el trabajo, en la escuela, en la calle. Nos es magia, es inteligencia emocional" concluye la periodista.

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